Hay quien lo ve desde su casa llorando, empatizando, sintiendo que hoy será esa mujer y mañana puede ser uno mismo. Que quien oprime nunca afloja esa presión. Que la humanidad parece no llevarse bien con quien ansía dinero. Que el egoísmo inunda el planeta, el individualismo se convierte en un valor esencial para demostrar valía y el ser humano como tal deja de ser relevante en un mundo donde la ley del más fuerte empieza a imperar con una fuerza terrible.
Los pasos empiezan a resonar fuerte. Ya en muchos lugares sus voces han tocado poder. Sus decisiones empiezan a oprimir a más y más gente. Poco demuestra haber aprendido el hombre del pasado cuando no dedica el tiempo suficiente a narrar las vivencias duras de aquellas épocas a las generaciones posteriores.
Son sigilosos, entran en las vidas de la gente formando parte del sistema. Cuando llegan a posiciones de toma de decisiones es cuando comienza a destruirse el futuro, es cuando el aroma a pobreza empieza a notarse. Cuando el rico sonríe y el pobre, que no se siente como tal, en principio, abraza la llegada de ese opresor que le vendió no ser su enemigo.
El tiempo pasa, el rico sonríe más, el chivato busca su lugar, y el pobre, empieza a notar que aquel abrazo no era de amigo sincero, aquel abrazo era de quien se vale de alguien que forma parte de un grupo más numeroso que el suyo. De quien sabe que su grupo solo no puede llegar nunca al poder de nada y necesita a parte del grupo mayoritario para poder vivir como creen merecer.
Hoy es ella, sin escrúpulos una mujer de avanzada edad queda despojada de todo. Mañana puede ser uno mismo. Mirar hacia otro lado empobrece el alma, hace débiles a quienes menos tienen y fortalece a aquellos que quieren ver pelear al penúltimo contra el último. Porque así, mientras quienes nada tienen pelean, no alzan la mirada para observar quién, desde un pedestal de poder, dirige aquel enfrentamiento que le mantiene en su estatus superior.